Mundos eternos
Hojas tan recicladas como mi amor, reciben a bandadas las descargas sin razón de esta cabeza atorada por tanta desolación.
Piensas que nadie te para, que giras con el mundo, que tienes un motivo por el que no pedir tu retiro.
Llegas a una casa vacía, sin un corazón que te arrope en las peores noches de tu vida, con ojos fríos que ruegan ayuda para pasar tantos desafíos. Cierras los tuyos buscando respuestas, te acurrucas en un sofá que no tiene ninguna de ellas.
Entonces llega el final. El principio de un final sin fríos ni calientes. El mundo gira y tú ni siquiera te mueves para ver hacia donde se ha ido. No ves razón de movimiento, no entiendes porque él sigue. Si creías que te lo comías, ¿por qué ahora estas en la caída?
No toleras la inmadurez pero te sientes como un niño pequeño. Necesitas que quien te rogó ayuda se acerque a tu oído y te haga sentir como vuelves a la cordura que habías perdido.
Despiertas una mañana, miras y quieres vomitar cada recuerdo, devolver los sufrimientos y vivir sin rencores, con los mismos movimientos. Los del mundo en mi búsqueda de silencio.
Nada vuelve a ser lo mismo. Sientes el corazón solamente porque duele tenerlo. Todo ayuda a morir, nada invita a seguir. Abandonar es lo más fácil, recordar lo menos aconsejable... y aunque dejar pasar sea lo más cobarde, es mi camino. El que algún día abandonaré para irme al más recomendable. A ese que ni siquiera yo, de los dos, podría hacerme cargo en este viaje.
El principio del fin es imparable.
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