Los capítulos de mi propio cuento
Pasar las páginas de un libro, como si de la propia vida se tratara es tan fascinante como recurrente, en cierto modo.
Sentir la necesidad de saber siempre más de lo que ya sabemos, llegar a donde aun no hemos llegado y recordar cada error del pasado.
Es todo como un continuo cuento. Como esa historia de la que quieres saber el final pero sin que el protagonista deje de existir.
Donde, si vuelves al pasado, solo cometerás los mismos errores una y otra vez y si intentas adelantar tus pasos nada encajará ya que te encontrarás perdido entre todo eso.
Y crees saber el final por un momento y te sorprende una nueva parte, un capítulo que cambia la historia por completo, el fin de este cuento.
Entonces vuelves al punto de partida, sabiendo todo lo pasado, y perdido en lo que viene próximo después del muro. El muro del presente, el que sorprende con cada párrafo, cada imagen o cada locución inesperada.
La portada de nuestra propia historia particular tiene un título, nuestro nombre y apellido, y una imagen, la que nosotros queremos dar, la que nos hace nosotros mismos, especiales y concretamente particulares en todos y cada uno de sus detalles.
Que tu tapa sea dura, blanda, de cartón o cuero, solo depende de ti, de lo que cueste llegar a tu cuento.
Saber contar tu historia, darla a conocer, es aumentar tus paginas sin fin. Cada persona es una página nueva o quizá el cambio de todo lo que queda. Porque nuestro libro está escrito, pero continua con pluma en nube, cada noche, en sueños, telandose.
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